Hace dos días fue el mero día de la Feria de Tlaltenango, el día que se celebra el nacimiento de la Virgen María. Escuché más pitidos de agentes y muchos cohetes mientras atendía en línea a una paciente que vive en Cholula. No fui a la feria, pero cumplí el domingo pasado.
Fuimos tarde, nos agarró la noche, a Santiago, a Yare y a mí (se suponía que iba más banda que, al final, canceló) y nos tocó una feria a tope de gente. En muchos tramos hubo que caminar como trenecitos para no perdernos y casi haciendo pasos de gallo-gallina, mientras Yare se iba fijando en los ojos de la gente y señalándonos lo bonitos que eran algunos. Yo tenía mi concentración puesta en no dar un mal paso y caer o tropezarme. Qué susto cuando vi a un hombre con un palo largo de madera terminado en una filada punta, lo que había quedado de una banderilla que se comió. Me pareció peligrosísimo: entre empujones y tal podría haberse sacado un ojo o el de alguien más. Ojalá no.
Entramos a la feria más o menos por en medio, quizás un poco más hacia arriba, a la altura de una calle cercana donde dejamos el coche. Bajamos hasta abajo (valga la redundancia, porque la feria es redundante), o sea, pasando la oficina de Telmex. Pasamos por el puesto de cosas chiapanecas, donde vimos unos pies jugando abajo de una de las mesas con blusas y huipiles preciosos. No me iba a llevar nada, pero vi un pantalón de esos que cuando era yo joven calificábamos con el genérico "guatemaltecos" y tuve que compararlo.
Después de los juegos mecánicos, que solo a Yare le gustan y a mí me hacen las piernas de espagueti aunque solo los vea desde tierra firme, encontramos el mejor puesto: unos chicos artistas pertenecientes a una cooperativa vendían grabados, playeras estampadas, estíquers (las calcomanías de antaño) con sus propias obras. Yo creo que hicieron su agosto (o su septiembre) con Santiago y conmigo que compramos regalos para fechas venideras y un poco más (como una playera hermosa que combinaba de maravilla con el pantalón).
Seguimos bajando para buscar a la chica que hace juguetes tejidos y a su tío, que hace velas. Ella no estaba, aunque sus creaciones, sí. Él cuidaba ambos puestos y yo me hice de una colección de velas para la ofrenda próxima (en forma de cempasúchil, de pan de muerto y de cactus). Y para entonces ya casi se me había acabado el dinero y eso que no había comprado lo único en mi lista: un pocillo de peltre para calentar agua para té.
Así que emprendimos la subida, más en modo tren que la bajada, y pensé que no llegaría. Y entonces ya estábamos en el puesto de la pareja de Cuetzalan, quienes nos saludaron con sonrisas y apretones de mano. Platicamos. Vimos sus cosas. Me compré unos aretes que parecen una lluvia de florecitas rosas (la cereza del pastel para el atuendo de pantalones azul-verdes y playera rosa con estampado en sepia). Los hizo una de las hijos de los señores con chaquira calibrada. No podía irme sin comprarles algo, aunque me quedé con las ganas de una blusa de manta, con una cenefa bordada en verde y negro en el cuello redondo. Siempre me quedo con ganas de algo en la feria. Es su naturaleza, como la de la vida y la de esta mente confundida.
Y aún seguimos subiendo. Ya estamos aquí, busquemos el pocillo, insistió Santiago, a pesar de su cansancio y engentamiento. Lo conseguimos: blanco con borde azul oscuro y flores, no el típico azul más claro, pero bonito (y funcional). Y seguimos subiendo (ya faltaba nada para llegar hasta arriba) en pos de las maravillosas ciruelas morelenses, de hueso enorme y poca pero deliciosa pulpa amarilla casi ocre. Las conseguimos y luego fuimos aún por unos tamalitos de elote para la cena. Buenísimos.
Hoy ya estarán desmontando la feria y a punto de reabrir Avenida Zapata. Es cierto que interrumpe el tráfico y hace un poco de caos, pero es maravillosa. Ojalá no se la lleven nunca a un "recinto ferial" porque la calle es su mundo. Y total 10 días se pasan como un suspiro y a mí me dejan una nostalgia donde el otoño ya se está instalando...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario