lunes, 17 de julio de 2017

Verano 3


En casi 8 años, apenas dos entradas sobre este tema (aquí y acá, ambas de agosto de 2011, separadas por escasos 3 días). Parece que no es mi estación favorita. Y es que "verano" en México sabe a poco. Se supone que hace calor, pero en realidad es la época de lluvias, así que la temperatura oscila mucho y se queda más bien baja (para nuestros estándares "tropicales", claro). Tampoco se suspenden las actividades laborales como sucede en otros países más al norte. Los niños sí están de vacaciones, pero a principios o mediados de agosto vuelven a la escuela. (Recuerdo que cuando éramos chicos, el "verano" implicaba por lo menos 2 meses sin escuela. Ahora a lo sumo juntamos un mes.) No es tampoco la mejor época para ir a la playa, porque el mar suele estar picado y empieza la época de huracanes. O sea, en el verano, igual hay algunos días de descanso, pero son así, ni fu ni fa. Por lo menos para mí.

En otros lugares, en cambio, el "verano" es como mudarse de planeta. Es una especie de brecha en el tiempo (y en el espacio), cuando la gente deja de ser quien suele ser. No está trabajando, se viste de manera diferente, se va más cerca o más lejos, pero sale de casa. "Veranea", pues. (O "verana", que también se dice así.) Mis amigos españoles hasta "buen verano" me desean y se desean entre ellos, como quien dice "buen viaje". Nos volveremos a ver, casi seguro, pero después del "verano". Mientras tanto, dejan de existir, práctica y cotidianamente. (Y para mis amigos chilenos o argentinos el verano es el invierno, claro.)

La RAE lo define como:


1. m. Estación del año que, astronómicamente, comienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de otoño.
2. m. Época más calurosa del año, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de junio, julio y agosto, y en el austral a los de diciembre, enero y febrero.

Con cero referencia a las cargas emocionales presentes o ausentes en la época.

Eso sí, consigna algunas frases interesantes que yo desconocía:
nube de verano
1. f. nube tempestuosa que suele presentarse en el verano con lluvia fuerte y repentina, y que pasa pronto.
2. f. Disturbio o disgusto pasajero.

Que no habla para nada de "nuestras" nubes de verano, que son las más cargadas del año y las tormentas, las más largas y ruidosas. Nuestros disturbios pasajeros poco se parecen a nuestras nubes de verano.

O también:
serpiente de verano
1. f. Esp. Información, generalmente poco fundamentada, que se difunde en verano, cuando hay escasez de noticias.

Lo dicho, la vida (de los otros) parece quedar en pausa en verano.



Acá el nuestro, muy verde y muy húmedo:


En Cuernavaca

En la Ciudad de México









viernes, 14 de julio de 2017

De pensiones, vejez, neoliberalismo, nido vacío y liberación


La vejez sería, me parece, el quid de la cuestión (o no, según se mire). La Academia no se muestra nada inspirada al definir el término, pero sus propuestas podrían servir, por lo menos, como punto de partida:


1. f. Cualidad de viejo.
2. f. Edad senil, senectud.
3. f. Achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos.
4. f. Dicho o narración de algo muy sabido y vulgar.

O podrían no servir.
Entonces, el término "senectud" quizá:

1. f. Período de la vida humana que sigue a la madurez.

Aunque, como se ve, tampoco.
Bueno, vayamos a "madurez":

2. f. Período de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez.
3. f. Buen juicio o prudencia, sensatez.

¿Será que una vez pasada la "madurez" y alcanzada la "vejez" se pierden el buen juicio y la sensatez? ¿Cómo sabemos cuándo comienza y termina cada uno de estos periodos ? ¿Qué es la plenitud vital?

Para mi mamá, la vejez eran las manchas en las manos. Para mi papá, la visión de sus propios padres ancianos a quienes, de hecho, fue visitando cada vez menos a medida que envejecían. Creo que le aterraba atestiguar el deterioro inevitable que provoca el paso de los años. 

Para mi querida amiga Dasha, la vejez fue plenitud, liberación, la oportunidad de dedicarse a sí misma sin las ataduras de etapas previas, entre las cuales las relaciones de pareja le habían consumido mucho tiempo y energía. También es cierto que su único arrepentimiento en la vida fue no haber ahorrado en preparación para el último periodo de su vida (por decirlo de otro modo), lo cual hizo sus años finales más complicados de lo que podrían haber sido (o no, eso nunca lo sabremos en realidad).

Yo hace unas semanas, animada por algunas colegas de la escuela, empecé una averiguación para conocer mi situación en términos de una posible pensión (llegada la vejez y la incapacidad o falta de ganas o lo que sea para trabajar). Dos reuniones con los expertos en el tema bastaron para confirmar lo que me temía: lo peor (o lo mejor, según se mire). El caso es que tal como pintan las cosas en este momento, no tengo derecho a ninguna pensión. Hay por ahí una cuenta con algún dinero (cuya cantidad aún desconozco), lo que quedó cuando en mi último trabajo en el gobierno me "aconsejaron" optar por la modalidad que, por supuesto, era la peor para mí (supongo que la mejor para "ellos"). Para acceder a una pensión a través de la otra institución, tendría que cotizar no sé cuantísimas semanas más y, entonces, considerar la posibilidad de seguir trabajando casi indefinidamente para alcanzar una pensión mínimamente decente, haciendo yo mis propias aportaciones.

La verdad es que sí, después de ambas reuniones, me sentí deprimida, decepcionada, frustrada y, quizá lo más importante, sumamente incómoda con el panorama: Vivir para alcanzar una seguridad (que de sobra sé que es mucho más huidiza de lo que la mayoría quisiera, si no totalmente inexistente). En otras palabras, dejar de vivir para guardar para ese futuro que ni siquiera sé si llegará. Y, al paso de los días y de alguna plática con otra amiga en una situación similar,  he llegado a ver con más claridad cómo todo el camino así planteado a fin de cuentas va en contra de mi práctica de soltar —un poco, algo, todos los días— y de aprender a centrar mi atención y mis esfuerzos más en el beneficio de los otros que en el mío propio, aun cuando lo que parecen sugerir todos los mensajes de este mundo neoliberal en donde nos tocó vivir es exactamente lo contrario: la búsqueda de la seguridad y la satisfacción de la ambición a toda costa.

Y, bueno, ya para completar la montaña rusa, a todo esto se ha sumado, por un lado, las ausencias de siempre y los recuerdos, y por el otro, otra vez, el nido vacío. Sí, Santiago se fue de casa por tercera vez hace cinco meses, pero ahora hará una escala de unos cuantos días antes de instalarse en la Ciudad de México para estudiar en la UNAM. Y entonces, vuelve a centellear esa pregunta sobre cuál es el sentido de mi vida ahora, después de tantos años de actuar sin mayores cuestionamientos.

Y entre varias respuestas posibles, la más importante que ha ido emergiendo es que puede ser lo que yo quiero que sea, en una suerte de "segunda adolescencia", en el sentido de que, mientras el hijo va tomando su propio camino, yo puedo, también, retomar el mío, reinventarlo, redefinirlo, y no necesariamente según los cánones neoliberales, que dictaminan que para los 30 hay que establecerse y, por consiguiente, dejarse de sorprender y que lo que uno no hizo antes, ya no podrá hacerlo nunca.

Todo lo contrario: En cada instante la liberación es posible.
Sin duda.

viernes, 7 de julio de 2017

Invitado: Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché

ENEMIGOS Y AMIGOS

Si sabes que tus enemigos pueden convertirse en tus amigos,
Cuando sientas enojo hacia ellos, lo cortarás de tajo.
Si sabes que tus amigos pueden convertirse en tus enemigos,
Cortarás tu apego hacia ellos de raíz.
Lo que debes saber sobre tus amigos y enemigos
Es que  son iguales. Entiende esto.

Traducido al inglés y arreglado por Jim Scott, Jamgon Kongtrul Labrang, Pullahari, Nepal, revisado en 2012.
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 6 de julio de 2017

sueños 11 y 12.


Antenoche soñé con un amigo que hace tiempo se fue del país, de regreso al suyo. En un principio fue paciente. Después compañero de meditación. Su amistad la compartí, en alguna época, con mi exmarido. Además, creí estar enamorada de él durante un rato.

En el sueño, estábamos sentados uno al lado del otro en una suerte de teatro. Asistíamos a una representación o un concierto o algo parecido. Yo me estaba quedando dormida. Sentía cómo nuestras manos se tocaban.

*
Anoche soñé con uno de mis hoy exalumnos, de los que acaban de graduarse de secundaria. Estaba metido en algún tipo de lío. Yo lo cubría. La situación toda nos dejaba en peligro de ser secuestrados.

Entonces entró un mensaje a mi celular y me desperté.

*

Hoy todo se ha esfumado.
Salvo la nostalgia en las manos.
El susto en el corazón.

*

Y la sensación de que los sueños y la vigilia son mucho más parecidos de lo que pudiera parecer a primera vista.

lunes, 3 de julio de 2017

Atardece en junio


El verbo atardecer me parece precioso. Sobre todo porque no lo hace nadie. Como llover. O nevar.

Eso sí, la tarde cae todos los días. Igual que aparece la luz del día. Aunque ni cuenta nos demos.

A veces prestamos atención y, entonces, vemos atardeceres únicos. Porque nos percatamos. Que únicos son todos. Y cada uno.

Así, la última tarde de junio estaba yo en el comedor de mi casa, iluminando (supongo), cuando volteé hacia afuera y descubrí que atardecía. Con una nube encendida en medio del cielo. Entre rayones de gris oscuro y morado.

Se veía así, a través de unas plantas de mi balcón:



miércoles, 28 de junio de 2017

colinabos


Ayer fui al súper y, en la sección de frutas y verduras, me encontré unos seres muy extraños, en los cuales yo nunca antes había reparado. Mucho menos los he probado.


"Colinabos" decía el rótulo. Que claro viene de "col" y "nabo". Aunque aquello de que se trata de una "berza de hojas sueltas sin repollar" no me dice mucho. (Pude enterarme que "berza" es "col" y que "repollar" es "formar repollo" (o sea, "formar [las hojas de algunas plantas] una cabeza redondeada"). Pero yo a estos seres no alcanzo ni a verles las hojas.

Averigüé también que se les puede llamar "nabicoles" o "nabas" y que son raíces comestibles, originadas en un cruce entre el repollo (es decir, una col) y el nabo. Y que se cultivan en el norte de Europa y en Norteamérica.

Algo está claro, pues. Son "híbridos". Y entonces supe que este adjetivo sirve para hablar de animales o vegetales (procreados por dos individuos de distinta especie), de cosas (productos de elementos de distinta naturaleza), de individuos (de padres genéticamente distintos con respecto a un mismo carácter) y de motores o, por extensión, de vehículos (que pueden funcionar tanto con combustible como con electricidad).

Y entonces me quedé pensando que "híbridos" somos todos e "híbridas" son todas las cosas que nos rodean. En otras palabras, y tomando prestados conceptos de las enseñanzas budistas, todos y todo somos fenómenos compuestos. Como los colinabos.

Finalmente, recordé que a mi papá le gustaban mucho los nabos. A mí, no demasiado. Ni la col tampoco. Así que, en principio, estos híbridos tampoco me provocan mucho, aunque mis pesquisas virtuales me llevaron a un "wikiHow", donde se indica cómo preparar el colinabo antes de empezar y luego propone seis métodos distintos para cocinarlo (aquí para algún curioso). 

La verdad es que hasta acabé pensando en comprarlos la próxima vez y lanzarme a la aventura. 

Quién diría hasta dónde nos puede llevar un encuentro inesperado en el súper.


sábado, 24 de junio de 2017

jueves, 22 de junio de 2017

/ encuadre / holandés / 2


Hace un año y 7 meses aprendí lo que era este plano en fotografía.




Hoy volvió a tocar el tema.



Me divertí jugando.



Inclinando el mundo con la cámara.




Hacia un lado. O hacia el otro.



Igual lo hacemos con la mente.

domingo, 18 de junio de 2017

i.l.u.m.i.n.a.r




A mí siempre me ha gustado iluminar (colorear). Desde que me acuerdo.

Aunque antes, al principio, me costaba mucho trabajo.

Me explico.

Cuando era niña, mis papás viajaban con alguna frecuencia a Estados Unidos y siempre nos traían regalos a mi hermano y a mí. Entre los que recuerdo con más viveza, están los libros para iluminar. De arte. De los museos que visitaban. Entre los que se quedaron en mi memoria destaca uno que me parece que tenía a Cesare Borgia en la portada. Sobre un dibujo de Botticelli o de algún otro renacentista.

Era precioso y yo nunca lo iluminé. Me daba miedo no hacerlo bien. Equivocarme y echar a perder el dibujo y el libro todo. Guardaba los libros (me imagino que habría más) para no sé cuándo. Cuando estuviera inspirada. Cuando me importara un bledo lo que pensaran los demás de mí. Ese momento no llegó durante mi infancia, ni en mi primera juventud ni en la segunda. Y allá, quién sabe dónde, se quedó aquel libro con el pobre Cesare Borgia todo descolorido.

Y entonces un día en la escuela, hará tres años o así, la miss de geografía e historia llevó una actividad para los niños que consistía en colorear unas flores. Me ofreció una de las hojas. Acepté encantada y de inmediato me puse a llenarla de color, intentando no salirme no de las rayas, que es algo que me gusta cuando ilumino, porque dibujando soy malísima. Y cuando acabé, le pedí otra. Y recordé cuán feliz era coloreando.

Y luego, hace un año, cerca de mi cumpleaños, mientras acompañaba a Santiago a comprarse un disco, me encontré con un libro para colorear, especial para adultos. (Todavía no me enteraba cuán de moda se habían puesto.) Johanna Basford era la autora. Era precioso. Un autorregalo perfecto. Y me lo llevé.

Santiago me prestó unos lápices de colores que a él le habían regalado hacía años y así empecé. Fascinada. Tanto que necesitaba forzarme a dejar los colores para volver a la compu a traducir o salir al consultorio o a la escuela.

Y empecé a aprender mucho de mi mente mientras iluminaba. Cómo podía ser más perfeccionista y conseguirme unos plumones de punta muy fina para las partes más pequeñas o cómo me podía dar chance y usar crayolas para espacios más grandes. Me hice también de unos lápices Prismacolor, los clásicos de la infancia, que luego me completó mi amiga Carmen con otra caja.

A veces, me voy fijando mucho en los colores que uso, sobre todo si el dibujo está en modo espejo (con dos mitades iguales pero invertidas) y otras, voy haciéndolo según me va saliendo, sin premeditación. He completado mis herramientas para iluminar con un par de cajas más de plumones, bicolores y de doble punta.

Cuando estaba por acabar el primer libro, otra amiga, Ángeles, me trajo el segundo de Inglaterra, una edición original de la misma Johanna, en un papel hermosísimo. Así empecé este año y me puse a experimentar, además, con las sombras. Entonces, hace una semana llegó mi amiga Evelyn, a quien induje al vicio de colorear durante una temporada que pasó en mi casa, y me contó cómo ella ahora estaba combinando colores. ¡Combinando colores! Eso sí que estaba fuera de mi zona de confort. Y me lancé. Y fui aún más feliz. Increíble.



Y he aprendido incluso de cómo evoluciona el lenguaje . Un día compartí en mi grupo de fotografía uno de mis dibujos coloreados (creo que un par de caballitos de mar) y alguien me comentó si iluminaba mandalas, usando el término para referirse de manera más general a cualquier imagen que pueda llenarse de color y no necesariamente a los diseños tradicionales hinduistas o budistas (en esos también he incursionado gracias al regalo de navidad de mi comadre). Interesante, ¿no?


Con creces creo que ha quedado compensado el pobre Cesare Borgia de mi infancia.

viernes, 16 de junio de 2017

andar contigo



qué lástima



Invitado: Thich Nhat Hanh



Mientras meditas en el cuerpo, no esperes ni pidas estar exento de enfermedad. Sin enfermedad, los deseos y las pasiones pueden surgir fácilmente... Mientras actúas en la sociedad, no esperes ni pidas no tener dificultades. Sin dificultades, la arrogancia puede surgir fácilmente... Mientras meditas en la mente, no esperes ni pidas no encontrar escollos. Sin escollos, el conocimiento presente no se refutará ni se ampliará... Mientras trabajas, no esperes ni pidas no encontrar obstáculos. Sin obstáculos, el voto de ayudar a otros no se profundizará... Mientras interactúas con otros, no esperes ni pidas obtener un beneficio personal. Con la esperanza de un beneficio personal, la naturaleza espiritual del encuentro se atenúa... Mientras hablas con otros, no esperes ni pidas que coincidan contigo. Sin desacuerdo, puede florecer la superioridad moral...  


Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

miércoles, 14 de junio de 2017

Invitado: Octavio Paz


Entre irse y quedarse


Entre irse y quedarse duda el día, 
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía: 

en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.