martes, 13 de junio de 2017

c u e l g a (n)


colgar

Del lat. collocāre 'colocar'.
Conjug. actual c. contar.
1. tr. Suspender algo o a alguien sin que llegue al suelo. U. t. c. prnl.Colgarse de una cuerda.

La propuesta del grupo de fotografía de hoy era, pues, algo que colgara. Y hay mil posibilidades. Revisando mis archivos en busca de un tendedero de ropa, me encontré con unas gotas de lluvia suspendidas sobre los hilos de una telaraña. Sí, las gotas también cuelgan. Y duran muy poco así. Solo la magia de una cámara las puede capturar.

Mi amiga Sylvia, excelente fotógrafa, les dice diamantes y se deleita con ellas cada vez que empieza la temporada de lluvias.

Aquí unas gotas suspendidas en Chimal en agosto de 2015.




















lunes, 12 de junio de 2017

Historia de una hormiga


Una historia triste.

Ayer me fui a preparar un té, durante una pausa en una película que veía con mi hijo. Cuando le iba a poner azúcar a la taza (intentando seguir mi reciente resolución de limitarme a una cucharadita), descubrí que había una hormiga dentro de la azucarera. No era muy pequeña, así que pensé que sería fácil sacarla con un rápido movimiento de la cuchara. Y al hacerlo, sin mala intención pero con una precisión asombrosa, la decapité. Salieron volando dos pedazos: uno muy pequeño y otro más grande, que se retorció durante unos segundos.

Me sentí fatal. (Si hubiera intentado matarla así, seguro no lo habría conseguido). Tomé los dos pedazos y los coloqué con cuidado en una maceta, con la aspiración de que el pobre bicho tenga un buen renacimiento.


Y entonces me acordé de una alumna que me dijo el otro día
que yo solo escribía historias de cómo rescataba animales.

Lástima que no siempre sea así...

viernes, 9 de junio de 2017

Festival Shakyamuni





Que tu sabiduría y tu compasión, maestro, nos guíen siempre en el camino hacia la felicidad y la ausencia de sufrimiento.

jueves, 8 de junio de 2017

let it be



b u r b u j a s


Hoy cuando llegué a la escuela y me estaba sirviendo mi café, descubrí que mis alumnos de octavo estaban en clase de física, experimentado con burbujas de jabón, con el sol al fondo. Qué mejor escenario para hacer fotografías. Dejé el café enfriándose y corrí por mi cámara. Y empecé a sacar fotos.

"Aquí, miss..." "Te soplo una." "Sácanos a nosotros." "Uy, se reventó..."

Y así, se acabó la clase de ciencias y nos seguimos casi toda la hora de español. Ellos, con sus celulares; yo, con mi camarita rosa. Jugando. Gritando. Buscando las mejores tomas.

"Súbelas a Facebook y nos etiquetas, ¿va, miss?" Cómo no. Cumplí en cuanto llegué a casa. Álbum con 25 imágenes. Intenté no subir ninguna en donde pudieran no verse bien. Empresa imposible (como comprobé cuando vimos las fotos en la siguiente clase que nos tuvimos). A esa edad (y en casi todas), qué difícil es que nos guste cómo salimos en las fotografías. Ni modo. Así la cosa.

Aquí una muestra de mis imágenes favoritas:






















Y una más sin burbujas, pero con tenis, manos y iPhone:



miércoles, 7 de junio de 2017

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché



Cómo ser amables con las personas difíciles 


Tenemos tantos conceptos sobre los demás, y a veces, incluso antes de conocer a esa persona, ya le hemos dado esta etiqueta: "Difícil". Es como si llevaran puesto este rótulo enorme cada vez que los vemos. Así que creo que lo que nos está entorpeciendo el trato con ellos son nuestros prejuicios y preconcepciones sobre quienes son. Tenemos tantos pensamientos sobre ellos, incluso antes de llegar a conocerlos. En un sentido, esto podría hacerte menos capaz de lidiar con una persona "difícil". Y, de hecho, si ves la situación con más detenimiento, podría resultar que la persona difícil eres tú. 
Siempre que tenemos una visión sesgada, estamos en graves problemas, ¿verdad? Cuando vemos a alguien con una visión negativa, desde un sesgo negativo, entonces vemos solo esta enorme cualidad negativa de la persona —nada positivo—. Cuando estamos pasando por una época difícil en la relación con nuestra pareja, por ejemplo, empezamos a ver solo su lado negativo: "Su escritorio es un desastre", "Siempre llega tarde", y cosas así. Pero en realidad, esa persona tiene cualidades tanto negativas como positivas. Magnificamos un lado de esa persona u otro en momentos diferentes. Cuando recién nos estamos enamorando de alguien, vemos solo lo positivo. No encontramos nada negativo. ¿No es eso genial?
Una vez salí de viaje y recién había abordado el avión. Eso fue poco después de la tragedia del 11 de septiembre. En un asiento cercano había una persona que se veía algo peligrosa. Me empecé a sentir incómodo pensando: "¿Será seguro este vuelo?" y cosas por el estilo. Pero mientras veía a mi alrededor, de pronto me di cuenta que otras personas podrían estar teniendo los mismos pensamientos sobre mí, pensando que parecía peligroso.
Nos estamos viendo unos a otros a través del filtro de este tipo de etiquetas todo el tiempo.
Por supuesto, estamos viviendo un momento realmente difícil en el mundo, con toda clase de violencia, conflictos armados y otras cosas terribles que están sucediendo. Así que ofrecer compasión a todos los seres es muy importante. La compasión puede, de hecho, superar, transformar y sanar todo tipo de conducta o proceder dañinos. 
Pero cualquier etiqueta que ponemos sobre otra persona, o sobre nosotros mismos, coloca un límite o una barrera ahí. La compasión nos ayuda a tener una conexión genuina. Afloja esas etiquetas y abre nuevas posibilidades. 
Por un lado, ofrecer compasión o generosidad hacia quienes están haciendo daño no es tan fácil. Pero por otro lado, con frecuencia solemos malentender lo que significa ser compasivos, amorosos y gentiles.
Por ejemplo, si eres madre, quieres mucho a tu hijo. Y si está haciendo algo mal, tu amor y compasión se manifestarán para que deje de hacer aquello que podría lastimarlo a él u a otras personas. Ese es un aspecto de la compasión que suele malentenderse. 
Así que, primero, deberíamos intentar evitar que las personas lleven a cabo actividades dañinas. Eso en sí es una gran gentileza hacia ellas.
Y, entonces, necesitamos recordar jamás darnos por vencidos con respecto a nadie.
Necesitamos ver con claridad que quienes participan en actos horrendos de violencia, provocando daño a sí mismos y a otros, en general no están haciendo estas cosas porque sean muy inteligentes y compasivos y tengan la mente clara. Están confundidos, llenos de conflictos internos y dolor.  
Estos son los seres que realmente necesitan ayuda, amabilidad y apoyo, en muchas situaciones y de muchas maneras. Y una de las mejores maneras de apoyar a semejantes personas es a través de la educación, ayudándoles a aclarar su confusión y mostrándoles mostrarles cómo sus acciones son dañinas no solo para los demás, sino para ellos mismos.
Así que cuando estés lidiando con alguien cuyo comportamiento sea realmente difícil, puedes empezar por ser gentil contigo mismo. Puedes reconocer lo que estás sintiendo con respecto a la situación. Y luego, si puedes, intenta entender cómo podría parecerles a ellos, y ve si hay alguna manera de ayudar. Si no hay forma de ayudar ahora, podría haber otra oportunidad en el futuro. 















Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 5 de junio de 2017

Historia de un grillo


Ayer fui al súper. Santiago me acompañó. Por suerte. Mientras escogíamos fruta —un pelín tristes por la desaparición de las manzanas de Chihuahua (ahora todas las que se ofrecen vienen de nuestro vecino del norte)—, me topé con unas uvas negras. No suelo comprar uvas muy seguido, pero recordé que hace varios años descubrí esta variedad (durante la visita de un amigo-novio que después dejó de ejercer ambos papeles) y me fascinaron.

Así pues, me dispuse a tomar un paquete (sí, vienen "empacadas en caja plástica") y al momento de escogerlo, me di cuenta de que en la orilla había un insecto con cara de grillo. Noté que el bicho estaba helado (la caja de uvas estaba expuesta en un estante refrigerado de la sección de frutas y verduras) y apenas podía moverse. También parecía haberse descolorido, quizá por la estancia fría o la falta de sol. Vaya uno a saber cuánto tiempo llevaba allí.

Tomé la caja mientras pensaba qué hacer para rescatarlo. Mi primer impulso fue dirigirme hacia la puerta del súper, caja en mano, decirle al guardia que no me estaba robando las uvas, sino que intentaba salvar un insecto, y entonces llevar al grillo a un sitio seguro. Visualicé cómo podría parecer algo desquiciada haciendo esto y cómo probablemente el bicho no lograría sobrevivir.

Entonces me acerqué a Santiago. Le mostré el grillo y le pedí si lo llevaba afuera. (Desde hace años somos cómplices en circunstancias parecidas.) Le acerqué la caja para que lo tomara con las manos y el bicho brincó. No mucho. Santiago intentó volverlo a agarrar y volvió a brincar. Otro salto mínimo. Finalmente lo cubrió con ambas manos y así lo tomó para llevárselo. Tardó un buen en volver. Me lo llevé bastante lejos, me explicó al regreso.

Y yo me preguntaba desde dónde vendría el insecto. ¿Desde Hermosillo, Sonora, junto con las uvas (estas sí son mexicanas)? ¿O se habrá trepado en algún punto intermedio del camino? Lo que es indudable es que tuvo suerte de no morir aplastado en todo el ajetreo ni congelado en el súper, ni envenenado con los sulfitos con que, como fungicida, se trataron las frutas, según reza en el empaque.


Así los encuentros en la vida. Fortuitos. Efímeros.
Y a otra cosa, mariposa.

domingo, 4 de junio de 2017

Invitada: Ursula K. Le Guin


«Love doesn't just sit there, like a stone, it has to be made, like bread;
remade all the time, made new.»




«El amor no se queda ahí sentado, como una piedra, tiene que hacerse, como el pan;
rehacerse todo el tiempo, hacerse nuevo.»


Traducción al español e imagen, mías.

viernes, 2 de junio de 2017

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse









Normalmente apreciamos solo la mitad del ciclo de la impermanencia. Podemos aceptar el nacimiento, pero no la muerte, aceptar la ganancia pero no la pérdida, o el final de los exámenes pero no el comienzo. La verdadera liberación viene cuando apreciamos el ciclo completo y no nos aferramos a aquellas cosas que nos parecen agradables. Al recordar la mutabilidad y la transitoriedad de las causas y las condiciones, tanto las positivas como las negativas, podemos usarlas a nuestro favor. La riqueza, la salud, la paz y la fama son tan fugaces como sus opuestos. 



Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.


lunes, 29 de mayo de 2017

mega hallazgo (15)

o saliéndome de la camisa de once varas

De mi abuela Rosa aprendí aquello de "meterse en camisa de once varas". Hasta hoy, había sido incapaz de imaginarme la famosa camisa. Siempre pensé que estaba hecho de varas o ramas delgadas y por ello, supongo, me traía a la mente un cuento infantil, —"Los once cisnes salvajes", de Andersen, confirmado gracias a google, por supuesto—, en el cual la hermana de once jóvenes, convertidos en cisnes por la mala del cuento, debe tejer once camisas de ortigas (o de algo igualmente difícil y doloroso de manipular) para romper el hechizo que cayó sobre sus hermanos (por cierto que casi lo logra, solo a un hermano le quedó un ala de cisne en lugar de brazo).

Pero claro, las once varas de la camisa de mi abuela nada tenían que ver con Andersen. Las once varas se refieren (según wikipedia explica en más detalle  aquí) al tamaño de una camisa que se usaba en la Edad Media en la ceremonia de adopción de un niño. Y el ritual simbolizaba lo complicado que podría ser la empresa que se estaba acometiendo y lo innecesario de complicarse la vida.

Yo me quedo con la primera parte, o sea, cómo a veces me complico la vida, pero no siempre es innecesario. Quizás incluso, a veces, sea necesarísimo. Mi complicación más presente en estos días es la escritura de mi segunda novela (aunque ahora dudo que la "primera", mientras no la reescriba, sea realmente una novela). Llevo casi dos años trabajando en ella (más otro año dándole vueltas al asunto mediante la escritura de relatos cortos). En el camino ha habido momentos gloriosos junto a otros en que he estado a punto de tirar la toalla. Lo esencial ha sido, sin duda, persistir, a pesar de todo, a pesar de mí.

Las últimas semanas he estado rondando y empezando a plasmar lo que será el centro neurálgico de la novela (como dice, Isa, mi súperprofe): el punto a partir del cual se empezará a gestar el desenlace. Y me señala Isa también que es normal (menos mal) que en este punto los capítulos se me hayan encasquillado un poco.

Ayer, sin ir más lejos, me vino una crisis: ¿por dónde me sigo? ¿vale la pena seguir? y demás preguntas del estilo. Y de pronto, mientras le daba vuelta a varias cuestiones en mi cabeza sin hallar una salida, me encontré con lo obvio: "No es tu historia la que estás contando. Estás contando la historia de tus personajes." Liberación (casi) total. Claro, me dije, la que importa no soy yo. Son ellos. Y así pude dar un paso atrás para, paradójicamente, acercarme a F y a A con más frescura y más cercanía.

Este paso, a su vez, me llevó a entender otro comentario de Isa. Despiadada y a distancia describió mi relación con los personajes en los capítulos más recientes. Claro, me volví a decir, si me quedo en el nivel de la novela como un simple "ajuste de cuentas", entonces me convierto en victimaria de mis propios personajes. Y eso, además de que no lleva la escritura a ningún lado, simple y sencillamente no se vale.


Así, la escritura como la vida:
tres pasos para adelante y dos para atrás, o tres o cuatro o los que haga falta.

Saliéndome de la camisa de once varas, no sin antes agradecer lo aprendido.

Errando y errando a lo largo del camino sin yerro.

jueves, 25 de mayo de 2017

«rapto»


El tema de hoy en el grupo de fotografía provocó, como quizá era de esperarse, un montón de reacciones. La más sana fue, me parece, preguntar a los administradores a qué se referían con el término "rapto", que en el diccionario (y en la experiencia) tiene varias acepciones, la mayoría poco agradables y, tristemente, más en estos tiempos en nuestro país.

El caso es que usaban "rapto fotográfico" para aludir a una captura espontánea, sin que el modelo se percate de que es nuestro objetivo, es decir, el modelo en cuestión no está posando para nosotros. También se dice que uno "rapta" una escena cuando registra a otro fotógrafo trabajando o cuando hace una toma completamente desprevenida de alguna situación.

O sea, "rapto" en el mejor sentido del término (obviando el sentido religioso o espiritual). 

Resulta que a mí me encanta raptar imágenes de desconocidos. (De hecho, son las únicas fotografías de personas que realmente me gusta tomar. Las otras las hago cuando no tengo opción.)

Buscando en mi archivo, me encontré varios "raptos". El preferido fue esta fotografía del otoño pasado en Madrid. En palabras de un colega del grupo, fotógrafo experimentado, resulta que: "además de ser un rapto fotográfico, tu imagen es todo un cuadro visual con un intuitivo manejo de la perspectiva a través del juego de líneas y contrastes luz-sombra... bien puedes contar una historia".

Así que quizás haya aquí escondido un relato, como en cualquier rincón del mundo.



miércoles, 24 de mayo de 2017

Invitado: Garab Dorje




No sigas los pensamientos pasados, no anticipes el futuro y no sigas los pensamientos ilusorios que surgen en el presente; sino que, volteando hacia dentro, observa tu propia naturaleza verdadera y permanece consciente de tu mente natural, así como es, más allá de las limitaciones conceptuales de pasado, presente y futuro. 




Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

viernes, 19 de mayo de 2017

Historia de un reptil


Antier llegué a mi consultorio con un pelín de anticipación, por fortuna. Cuando mi paciente y yo entramos al espacio donde está mi cubículo, vimos un bicho hermoso recargado, del lado de adentro, en la puerta de cristal que da al jardín. (¿Lagartija? ¿Iguana? Reptil. Eso seguro.)




Abrí la puerta con cuidado y el bicho ni se movió. La aseguré para que no se azotara y el animal seguía sin moverse. Entonces saqué mi cámara, previo aviso a mi paciente, que miraba todo con atención. Y al disparar, el ser se asustó y se metió corriendo a la casa. Detrás de él salió disparada Tantra, una de las gatas del consultorio, y lo cazó.

Horrorizadas, mi paciente y yo vimos salir a la gata con el bicho en las fauces. Yo me sentí fatal, responsable de lo sucedido. No me atrevía a ver al pobre lagarto y lo imaginé desangrándose. Mi paciente salió al jardín y me dijo que la gata lo había soltado y que solo estaba babeado, pero no tenía ninguna mordida.

Entonces nos dimos a la tarea de distraer a las dos gatas que merodeaban por ahí para evitar que lo lastimaran. El animal no se movía. Se debe estar haciendo el muerto, comentó ella. (Al día siguiente, otro paciente a quien le conté la historia, me dijo que estos reptiles incluso detienen su corazón para que la farsa de su muerte sea convincente.)

Después de un rato, las gatas volvieron al acecho y él seguía inmóvil. Mi paciente, atenta. Decidí ir por una escoba y un recogedor, para ver si lograba hacer que el reptil pudiera esconderse en una jardinera o en la barda. Lo empujé con la escoba y, oh sorpresa, salió corriendo y se volvió a meter a la casa.

Mi paciente y yo corrimos detrás y cerramos las puertas, para evitar la entrada de las gatas. Constatamos que el bicho se había escondido debajo de un librerito que hay en el vestíbulo. Estaba inmóvil otra vez. Acercamos dos macetas de piso para resguardar su escondite y nos fuimos, por fin, al consultorio.

Cuando acabó la sesión y despedí a mi paciente, decidí dejarle un poco de agua cerca al ser y avisar a mi casera lo sucedido.

Al día siguiente, había desaparecido. Por lo menos, fue un alivio no encontrar su cadáver. Igual nos volvemos a topar con él vez otra vez. O no. Es probable que haya podido salir. Yo jamás había visto un ejemplar semejante en Cuernavaca. El paciente que me contó lo del corazón (es veterinario y hombre de campo) me dijo que suelen habitar en lugares muy calientes.

Sabe dios cómo llegó a esta zona más fresca.
                                                                Otro de esos regalos inesperados de la vida.

martes, 16 de mayo de 2017

De mariposas, hierbas y cometas


con Luis Ma., por esa fascinación compartida

Hace unos días, cuando intentaba describir el estado emocional del protagonista de la novela en la cual estoy trabajando, se me ocurrió decir que se había quedado "como un niño a quien el cielo le robó el papalote", a sabiendas que de que, quizá, de aquel lado del Atlántico, donde viven la mayoría de mis compañeros de escritura y mi profe, la palabra que usamos acá para llamarle a los cometas de papel resonara de manera diferente o simplemente resultara sorprendente. Y así fue.

Luis Ma., a quien lo tocó comentar mi capítulo más reciente, reparó en el vocablo, para él desconocido, y lo llevó a profundizar. Entonces descubrió que, curiosamente, se parece a la palabra con que en valenciano (o catalán o mallorquín) se llama a las mariposas: “papallona”. Yo me acordé entonces del francés y su "papillon" y me puse a investigar más. (He ahí la fascinación compartida.) Descubrí que los vocablos catalán y francés, como el italiano "farfalla", provienen del latín "papilionem", acusativo de "papilio" (mariposa).

En cambio, la palabra gallega para nombrar al insecto alado es "bolboreta" y la portuguesa, "borboleta". Ambas vienen del latín "belbellita", diminutivo formado a partir de "bellus" (bueno o bonito).

Y ahora volviendo a nuestro papalote, culpable de toda esta digresión, resulta que la palabra viene del náhuatl "papalotl", que significa, claro, mariposa.  Porque a nosotros los cometas nos parecen mariposas. (El porqué de la similitud fónica con el latín queda, por lo menos de momento, pendiente. Quizá sea una mera coincidencia). Y platicando virtualmente sobre todo esto, le contaba yo a Luis Ma. que en México tenemos una hierba llamada papaloquelite (pápalo, familiarmente), cuyo nombre deriva del mismo "papalotl" y de "quilitl" (hierba comestible, que ha pasado al español como el genérico quelite), o sea, algo así como una hierba alas de mariposa (por la forma de sus hojas). Aquí puedes averiguar más sobre ella y de ahí mismo tomé prestada la imagen que aparece más abajo.

Lo que no le conté a Luis Ma. es que esta hierba me recuerda mucho a mi papá y hace mucho que no la pruebo. A él le encantaba comerla cruda, a mordidas, acompañando unos tacos. Tiene una sabor muy fuerte, de esos que, como me sucede con el apio, al mismo tiempo me gustan y no me gustan.

Así pues el viaje al que nos puede llevar una palabra.

Y, por cierto y para cerrar, el nombre de mariposa en castellano, no viene ni del latín ni del náhuatl, sino del apócope de María, Mari, y el imperativo del verbo posar, posa, porque, se dice en canciones antiguas y dichos infantiles, que a estos lepidótperos se les invitaba a posarse, en versos como “María pósate, descansa en el suelo”, según se afirma acá.

lunes, 15 de mayo de 2017

Día del maestro




Cuando yo era chica, en mi casa siempre se celebró el Día del maestro. Mis padres lo fueron ambos, siguiendo los pasos de mi abuelo Óscar.

Y en la escuela donde estudié desde el kinder hasta la preparatoria, el 15 de mayo era un día especial, sobre todo en la primaria. Todos los papás se esmeraban en mandar regalos, a cual más bonito, para los maestros de sus hijos. Aunque a veces caíamos en competir para ver quién había hecho el mejor regalo, supongo que la tradición nos ayudó a desarrollar aprecio por quienes nos enseñaban.

Yo misma me convertí en maestra muy joven, recién salida del bachillerato. Desde entonces no he dejado de enseñar, por necesidad y por vocación. En estos tiempos, no parece haber el respeto que antes se tenía a los maestros y ejercer como tal no deja de tener una buena dosis de frustración, por múltiples motivos.

Pero cuando un buen día llegas a tu clase con adolescentes de 15 años en promedio y te dicen que te quieren, que los inspiras y te hacen un regalo de cumpleaños como el que aparece aquí fotografiado, te das cuenta que ha valido la pena sembrar semillas. Y empezar a ver los brotes es una alegría enorme.

Este día me recuerda, además, a mi tía Olga, que nunca dejaba de llamar por teléfono para felicitarme. 

Y con el paso de los años, he ido aprendiendo que maestros hay en todos lados y que aparecen en una infinidad de formas, si prestamos atención. Así que mi cariño y mi agradecimiento a quienes me han enseñado y a quienes han recibido lo que yo he podido enseñar.


domingo, 14 de mayo de 2017

Historia de una planta


Yo cultivo violetas. Por gusto. Sin orden. Cuando a alguna se le cae una hoja. Cuando a otra le salen hijos y no caben en la misma maceta. Cuando alguien me regala una planta nueva y la trasplanto. Y así, mi casa se ha poblado de violetas. En el interior. Que en el balcón hay más variedad.

Hace varios años, dos por lo menos, pero probablemente unos cuatro, en la maceta de la violeta con flores blancas de borde lila se empezó a asomar la punta de algo que, obviamente, no era una violeta. Primero intenté arrancar al intruso. Podría ser una mala hierba que atacara a la violeta. No se dejó arrancar. Entonces decidí dejarla y ver de quién se trataba.

Salió una hoja: verde oscuro, brillante, en forma de corazón, con picos, no muy grande. Hermosa.

Después de un tiempo, la trasplanté a su propia maceta. Cada tanto —semanas, meses—, sacaba una hoja más. Luego llegó Khandro, la gatita que se hizo gatota, y en una de esas, le mordió una hoja que apenas empezaba a desenrollarse. Quedó solo medio corazón. Y la planta, junto con gran parte de las violetas, se fue a vivir a la parte más alta de un librero, para resguardarse de la gata.

Allí empezó a sacar unas hojas cada vez más grandes. Más verdes. Más hermosas.

Poco tiempo después de la más reciente empezó a salir otro brote. Y pensé qué raro, hace tan poco que echó una hoja nueva. Y resultó ser una flor. Después de años. Cuando yo habría jurado que era una planta que no echaba flores.

Así es la vida a veces.
                                 Casi siempre.
                                                     Sorprendente.




miércoles, 10 de mayo de 2017

Mother's Day




Así el amor en el día de las madres hace catorce años, sostenido por las manos del amor hoy. Las formas cambian. Hacemos cosas distintas. Ahora vivimos separados. Hablamos de mucho, de casi todo y más. Y la confianza, el amor y la complicidad permanecen, a su modo, junto con algún que otro enganche de los dolorosos. Y pasan. Ojalá que nos sigamos acompañando en el camino durante mucho tiempo, changuito.

Y ojalá que mi mamá, donde quiera que esté, como quiera que sea ahora, haya encontrado la felicidad y pueda estar libre de sufrimiento. Hasta ese lugar desconocido le envío una ráfaga de besos, hoy cuando la extraño como tantos otros días.

jueves, 4 de mayo de 2017

sueño 10.


Anoche, te me apareciste en sueños otra vez.
(Claro, se acerca el aniversario.)
Llegabas después de atravesar el desierto de Gobi. Solo para estar conmigo.
Vestías con una suerte de abrigo tipo mongol (o un atuendo tipo Hagrid, de Harry Potter).
Te encontraba en un andén. De espaldas.
(Claro, la cobardía no existía.)
Nos abrazábamos en ese espacio que fue nuestro alguna vez.
Ese espacio donde se nos derretían los corazones.
(Claro, los obstáculos no importaban.)

Desperté triste.
Y pasará.
Como pasa siempre.
Como todo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Maldición


Cuando mi hijo era chico, tendría cuatro o cinco años, le gustaba ver La bella durmiente, entre otras películas más o menos infantiles. Como hacen los niños, pedía que se la pusiéramos en la videocasetera (sí, aún no teníamos DVDs) una y otra vez, mientras desayunaba o se tomaba algún refrigerio. Entonces se parapetaba detrás de un burocito morado que teníamos en la sala, preparándose para la aparición de Maléfica (de quien averiguaríamos años más tarde que no era tan malvada como la pintaban o que, por lo menos tenía razones para ser como era).

El hada caída, con su llamativo despliegue de luces, sombras y colores y su inigualable voz profunda —seductora y amenazante a la vez— le aterraba. En varias ocasiones, su padre o yo nos acercamos para preguntarle si quería que apagáramos la televisión o adelantáramos la cinta. Sin quitar los ojos de la pantalla, decía que no (en un murmullo o moviendo la cabeza) y no perdía detalle de la actuación del hada negra, eso sí,  sin soltarse del mueble morado.

Adrián y yo concluimos que era su estrategia para enfrentar aquello a lo que temía, encarnado en Maléfica, y poder superarlo. Para mí, la parte más aterradora era la maldición que el hada despechada lanzaba sobre la pequeña Aurora, condenándola a la muerte al cumplir los dieciséis. (Menos mal que Primavera, el hadita azul, logró transmutar la sentencia.)

Y, así, pasó el tiempo y Santiago dejó de enfrentarse a Maléfica en la pantalla, para empezar a lidiar con los monstruos de la vida real. Y a mí, en estos días, intentando lidiar con los míos, me vino a la cabeza mi propia Maléfica pronunciando su maldición. Y, claro, lo primero, buscar lo que significa la palabrita, para empezar a aclararme.

maldición
Del lat. maledictio, -ōnis 'injuria'.

1. f. Imprecación que se dirige contra alguien o contra algo, manifestando enojo y aversión hacia él o hacia ello, y muy particularmente deseo de que le venga algún daño.

Y puesto así, suena aun peor, y más añadiendo el sentido de imprecar (1. Proferir palabras con que se expresa el vivo deseo de que alguien sufra mal o daño) a la fórmula. El caso es que yo recuerdo claramente un día en que mi madre, a propósito de no tengo idea qué, me soltó una imprecación que iba más o menos así: "A poco de veras crees que alguien te va a querer". Sí, ahora que la escribo, me doy cuenta que tenía forma de pregunta, pero la condena y el enojo estaban muy presentes. A veces, he dudado si la escena no habrá sido un sueño. Pero en cualquier caso, el efecto que tuvo en mi vida ha sido contundente. Y no siempre estoy consciente de ello, sino que la mentada imprecación se cuela en los momentos menos esperados (con todo y que ha sido material de más de una sesión de terapia a lo largo de mi vida.)

Lo peor sucede cuando pierdo por completo los estribos y me dedico a hacerla realidad, negando o rechazando a quien de verdad me quiere (a pesar de lo que haya dicho mi mamá quien, en realidad, estaba hablando más de sí misma que de nadie más). Y recuerdo cómo alguien me dijo alguna vez que esta era también una manera de traer a mi madre de visita. Lo bueno es que cada vez me toma menos tiempo desmontar la maldición, o sea, ver las cosas más como son que como las imagino, no confundir el desamor con la independencia, por ejemplo, y recordar a mi mamá, con lo bueno y con lo malo, pero sin dejar que ande acechando silenciosamente por allí en mi conciencia desprevenida.

Así, pues, el camino para seguir aprendiendo a aceptar el amor que, de hecho, está presente en mi vida, aunque a veces me siga empeñando en negarlo, por el miedo —tenue y profundo— a que la maldición aquella pudiera aún hacerse realidad.