sábado, 31 de octubre de 2020

bon profit!










Ayer fui a  Gràcia, a comprar pan de muerto (sí, más, para la ofrenda y para la castanyada, la celebración catalana del Día de Todos Santos) y a despedirme del que ahora sea, quizás, mi barrio favorito de la ciudad condal. Hacía un día espectacular: soleado a rabiar y nada frío, no había necesidad de chupa ni de chaqueta ni de cazadora ni de abrigo ni de todas esas prendas que usan acá para el otoño-invierno.

Después de pasar por mi tortillería de referencia a por el pan (recién hecho), me paré por un café con leche y un minicruasán de chocolate, para llevar, claro, porque no se puede de otro modo. Entonces seguí caminando por la calle Torrijos, pasé enfrente de los Cines Verdi (versión Park) tristemente cerrados de nuevo, pasé delante de un par de señoras catalanas que se habían sentado en unas bancas a comerse (¡oh sorpresa!) su propio pan de muertos de la misma tortillería y hasta se me ocurrió saludarlas y preguntarles si les gustaba. Me vieron un poco raro, pero dijeron que estaba buenísimo.

Finalmente, encontré una banca sola y me senté yo, con mi bolsa, mi morral con los panes y unos regalos para llevar a México, y mi café y cuernito. Me quité la mascarilla y me puse a desayunar. Y entonces, en sentido contrario al que yo había caminado, venía un hombre, delgado, con barba, de entre 30 y 40 años con la mascarilla en la papada. Nos miramos y yo me sentí un pelín incómoda, pero seguí comiendo. Él me sonrió y me dijo: «Bon profit». Y entonces yo me tragué el bocado que tenía en la boca y le dije «Gracias» y le sonreí de vuelta. (¡Qué gusto enorme podernos ver las sonrisas!)

Decidí tomarme el gesto de este gentil desconocido como un buen augurio en este proceso de irme de Barcelona y volver a casa.

Terminado mi café y mi pan, me volví a enmascarillar y seguí caminando. Sacando fotos. Viendo gente. Imaginando cómo sería vivir en ese barrio. Descubriendo detalles en los muros o en las ventanas. Así, atravesé la La plaça del Diamant con su Colometa y seguí dando vueltas un buen rato antes de volver al metro Joanic y emprender la vuelta a la casa de Joana.

Hoy ella y yo montaremos un altar de muertos, a la mexicana con algún elemento catalán, y seguirá este proceso de morir un poco que es despedirse y este proceso de vivir plenamente que surge de reconocer y honrar la muerte.

Cierro de momento con la sombra de un árbol de la calle Torrijos sobre una puerta gracienca resplandeciente con la luz del sol otoñal:





viernes, 30 de octubre de 2020

Invitada: Pema Chödrön

 

No huyas de la ternura incómoda

La calidez natural que emerge cuando experimentamos dolor incluye todas las cualidades del corazón: amor, compasión, gratitud, ternura en cualquiera de sus formas. También incluye soledad, pena y la temblorina del miedo. Antes de que estos sentimientos se endurezcan, antes de que entren en acción las líneas argumentales, estos sentimientos, en general no deseados, están cargados de gentileza, de apertura, de cuidado. Estos sentimientos en cuya evasión nos hemos especializado nos pueden suavizar, nos pueden transformar. La franqueza de la calidez natural es a veces agradable, a veces desagradable: como "Lo quiero, me gusta" o como su opuesto.  La práctica es entrenarnos en no escaparnos automáticamente de la ternura incómoda cuando surge. Con el tiempo podemos aceptarla, igual que aceptaríamos la ternura cómoda de la gentileza amorosa y el aprecio genuino. 




Fragmento tomado de este libro.
Traducción al español e imagén, mías.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Invitada: Louise Glück

 

At first I saw you everywhere. Now only in certain things, at longer intervals.

*

*

Al principio te veía en todos lados. Ahora solo en ciertas cosas, a intervalos más largos.


Traducción al español e imagen, mías.

martes, 27 de octubre de 2020

Transmutación


Te acercas a la orilla del mar. Involuntariamente sola. Desolada.

La onda gigantesca te amenaza. Te engulle.

Emerges del otro lado. Voluntariamente sola. Consolada.


lunes, 26 de octubre de 2020

Invitado: Jonathan Carroll


Creo firmemente en los gestos pequeños: págales el café, sostén la puerta para los extraños, deja propina de más, sonríe o intenta ser gentil incluso cuando no te apetece, echa flores, persigue por la banqueta la pelota que se le escapó al niño y lánzasela de vuelta, intenta ser más grande de lo que eres, en particular cuando es difícil. La gente lo nota, la gente lo aprecia. Yo lo aprecio cuando alguien lo hace por mí. Los gestos pequeños pueden implicar un esfuerzo o, de hecho, ir en contra de lo que sientes ("Yo no sirvo para echar flores"), pero la ironía es que casi cada vez que los haces, te sientes mejor contigo mismo. Durante un momento la vida se siente de pronto más ligera, un poco más como Gene Kelly bailando bajo la lluvia.


puercoespines de chocolate
en un aparador otoñal
en Avenida Gaudí

Original en inglés y fuente, aquí.  / Traducción al español e imgen, mías.

domingo, 25 de octubre de 2020

cambio de hora


En la madrugada de hoy empezó a hacer un viento impresionante. Golpeaba las ventanas y hacía girar, en el terrado, una especie de peonza gigantesca que me despertó más de una vez. Soñé mucho. Por ejemplo, con la escuela donde trabajé varios años en Cuernavaca, con Eduardo, el amigo que me sustituyó cuando me vine a España, y con exalumnos que iban de visita. 

Y pensé también, por qué no, en el cambio de hora, que ya sucedió hoy en España y al rato tendrá lugar en México. Joana dice que aquí lo hacen hace mucho tiempo, pero no recuerda cuánto y a ella este año no le hace demasiada gracia que al 2020 se le agregue una hora. Yo sé que en mi país empezó esta práctica hace 24 años justos, cuando yo estaba embarazada (el primero horario de verano) y con Santiago recién nacido (la primera vuelta al horario "normal"). Y la gente se sigue sacando de onda: que si nos roban una hora (en primavera), que si nos echan a perder la rutina de sueño, y mil otros inconvenientes. Hasta a mi queridísima comadre, la persona más ecuánime que conozco, le afecta muy personalmente la medida. En cambio, recuerdo a una amiga americana que estaba tan hecha a la idea del cambio de hora, que no lograba entender el desasosiego que nos provocaba en México.

A mí, la verdad, el cambio en primavera me encanta porque hay luz solar más tiempo. En otoño me cuesta que anochezca tan pronto, pero eso sucede aun sin cambiar de hora. Yo supongo que cuando llegué a Madrid el año pasado recién había cambiado, pero con el jet lag no me enteré de nada. En primavera tampoco me enteré de nada, pues me agarró en pleno confinamiento. Y hoy estoy pendiente porque tenemos un concierto a la tarde, pero aquí todos los aparatos (o casi) cambian solos, así que ni siquiera hay esa "molestia". El mayor reto para mí es coordinar los horarios con mis pacientes en diferentes zonas horarias de México y Estados Unidos y no meter la pata por no tomar en cuenta todos los detalles. Esta vuelta al horario "normal", por otro lado, parece oficializar la llegada del invierno, del frío y, en estos tiempos que corren, probablemente intensifique la sensación de incertidumbre.

Y, bueno, para finalizar dejo 3 de las 18 definiciones (además de 18 tipos diferentes, 58 expresiones y 10 enlaces a otras entradas) con las que la Real Academia intenta atrapar algo que no es más que una convención producto de nuestra mente, que nos permite organizarnos para funcionar como sociedad, sí, pero que nos esclaviza como si tuviera una existencia real: 

tiempo

Del lat. tempus.

1. m. Duración de las cosas sujetas a mudanza.

2. m. Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesosestableciendo un pasadoun presente y un futuroy cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.

3. m. Parte de la secuencia de los sucesos.


sábado, 24 de octubre de 2020

Hoy

 

Hoy desayuno pan de muerto.

Lo compré ayer en el barrio de Gràcia, en una auténtica tortillería mexicana, donde conseguí también totopos y salsa verde para hacerme unos chilaquiles, y tortillas (empacadas al vacío, algo nunca visto) para futuras quesadillas.

Me entra un ansia cuando encuentro un lugar con productos de mi tierra.

Hoy la sombra del confinamiento se sigue cerniendo sobre nosotros. Hoy seguimos viviendo con miedo. O intentando no hacerlo. Hoy estoy tan lejos de mi casa y tan cerca del Día de Muertos.

Hoy estoy a nada de cumplir un año viviendo de este lado del mundo, algo que no imaginé. Hoy Madrid suena tan lejano. También. Hoy me sigo reconciliando con Barcelona. Soltando lo que sobra. 

Extrañando. Echando de menos. Escribiendo. (Cuántas es.)

Hoy fantaseo con montar un altar en la casa donde vivo. Con panellets, que es lo típico de acá. Pero me faltan tantas cosas de allá que no lo sé. Y acá no se ponen altares ni se festeja con la muerte. Ni tengo tequila. Ni mezcal. Aunque podría conseguirlos. Y quizá tamales también.

Por lo pronto, hoy desayuno pan de muerto.








viernes, 23 de octubre de 2020

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché

 

Cuando estás viendo una película, la gente en ella parece estar realmente combatiendo, amándose, y demás, pero ninguna de estas cosas está sucediendo en verdad. Todo es una mera fantasía. Intenta ver todas tus alegrías y tus pesares como si estuvieras viendo un filme, soltando la idea de que tienes que esforzarte mucho para evitar lo que sea difícil o desagradable. Esto hará tu felicidad indestructible.  


somewhere in Gràcia 


Original en inglés, aquí. / Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 22 de octubre de 2020

seis/10

 















Esta película marcó un hito en mi carrera como cinéfila.: la primera vez que fui al cine sola. No me acuerdo, tampoco, de la razón que me llevó a hacerlo. Andaba por los veintipico (cuántas cosas a los veintipico que luego te acompañan el resto de la vida). Aunque la cinta es de 1977, o sea, de mis 14 años, la vi unos 10 años después en un festival o ciclo o algo así. Sí recuerdo que fue en el cine Pecime, allá en la Ciudad de México, en Avenida Universidad a la altura de Gabriel Mancera, en la Del Valle. Puedo ver la esquina en mi mente con total claridad, aunque esa sala pueda ya haber desaparecido en el mundo externo.

¿Qué fue lo que me conmovió y me sigue conmoviendo de Un día particular, mi cinta favorita de Ettore Scola? La historia de amor, en un amplísimo sentido del término, entre sus protagonistas: Sophia y Marcello (no recuerdo los nombres de los personajes, que siempre se pueden guglear, pero no me apetece). Un amor nacido de la indiferencia, de la discriminación y la intolerancia, de la soledad, que llevan a un encuentro íntimo, en el más amplio sentido del término.

Es un respiro, una salida a por aire, entre las sábanas de la colada en la azotea romana, en un mundo cruel y anulatorio. Que pisotea espíritus. Espíritus que se conectan casi a su pesar. Y mi yo de veintipico supo que eso era posible. (Incluso lo llegó a vivir en una historia universitaria de encuentros imposibles pero conmovedores, ¿verdad, Francisco tan querido entonces?: mi/nuestro propio día especial, digamos).

Y de este filme, además y cosa rara, recuerdo con toda claridad, también, el final: la vuelta al mundo de antes para ella; el final del mundo de antes, para él; y para ambos el no volver a ser los de antes después de haberse encontrado en el reflejo de los ojos del otro. Eso no se olvida.

lunes, 19 de octubre de 2020

De Ítaca para el mundo

 

¿Marido indeseado? Despreocúpese. Expertas en desapariciones. Destejemos sus pesadillas. Tejemos sus sueños. Envíe mensaje a penélopeYsirenas@freeyourself.org Seriedad y compromiso a prueba de Odiseos.


viernes, 16 de octubre de 2020

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché


Si dejamos de tener un aferramiento fuerte a nuestro cuerpo, posesiones y familiares, naturalmente dejaremos de sentir agresión hacia aquellos que consideramos como nuestros enemigos y atracción compulsiva hacia aquellos que consideramos amigos. Un verdadero bodhisattva no hace distinción entre una persona que toca un lado de su cuerpo con una mascada de seda y alguien que corta su carne en el otro lado. 




Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 15 de octubre de 2020

Choque lingüístico 2

para Àngels, porque le encanta esto de las palabras y las expresiones y las cuestiones culturales 

En enero de este año, antes de que el coronavirus permeara el mundo, hice una entrada sobre este tema y ahí prometí seguir con más términos que me habían llamado la atención. Ya pasaron casi 10 meses de aquello y apenas me pongo a cumplir con la promesa. Porque la vida ha seguido con todo y el virus y porque llegó el otoño y con él los puestos de castañas. 

Y qué tendrán que ver las castañeras con el choque lingüístico podría alguien preguntarse. Que así son las asociaciones mentales, podría responder yo. 

Resulta que en España tienen un término muy particular para señalar, coloquialmente claro, una situación u obligación molesta, desagradable o embarazosa (RAE dixit ): marrón (en la 3a acepción de la palabra), que viene del francés marron, 'castaña comestible', 'de color castaño'.  Así que dicen cosas como «Le ha caído un buen marrón» o usan expresiones como «No voy a comerme (o tragarme) yo solo el marrón», para referirse a cargar con la culpa de algo, o «El nuevo Gobierno tendrá que comerse (o tragarse) el marrón», para el hecho de hacer frente a una situación difícil o embarazosa. El mismo vocablo se refiere también, por supuesto, al color semejante al de la cáscara de la castaña o el pelaje de la ardilla  (RAE dixit), o sea, al que en México le decimos café.

Bueno toda esto para contar que en Madrid, cuando empecé a escuchar que si el marrón por aquí y el marrón por allá, asumí que venía de una castaña, porque me recordaba a las castañas cristalizadas que tanto le gustaban a mi abuela María Luisa (sus queridos marrons glacés), aunque no entendía la relación entre el fruto y el problema. Entonces le pregunté a un par de amigas, de generaciones muy diferentes, lo que significaba y me respondieron con una pregunta/eufemismo: «¿pues qué es marrón?», sin decir abiertamente que la caca, el excremento, sí. Cuando lo dije yo, asintieron como si hubiera dado, por fin, con algo tan claro como el agua. Y cuando les conté lo que me imaginaba yo cada vez que decían esa frase, ambas se partieron  de risa (porque aquí la gente se parte, no se muere, como en México, cuando se ríe fuertemente). Yo me sentí avergonzada por no haber descubierto sola el significado secreto y bastante tonta por pensar en las castañas. Cuando oía lo del tragarse el marrón me parecía súper asqueroso y me imaginaba el emoticón de la mierda sonriente para suavizar la imagen. 

Al final, resultó que la explicación de mis amigas madrileñas era una suerte de etimología popular  y que yo acabé teniendo razón (gracias a mi abuela) sobre el origen del famoso marrón. Aunque también es cierto que la RAE no explica el origen del uso coloquial de la palabra marrón y, quizá, haya alguna asociación con el color de la mierda. Google ofrece también otras explicaciones, bastante disímbolas entre ellas, que pueden verse aquí y acá. Y acullá hay otra que relaciona el origen de la frase "comerse un marrón" directamente con los marrons glacés.

En México en lugar de marrones, nos cae el chahuistle que, en realidad es un hongo que ataca a ciertas gramíneas y cuyo nombre viene seguramente del náhuatl. Si de repente nos ocurre algo desagradable, se compara con el momento en que una plaga ataca una planta. Y otra manera aún más coloquial (y de discutible vulgaridad) para describir tal circunstancia podría ser designarla como una chinga. Y para chingas peores se podría decir una pinche chinga, pero entrar en el universo de chingar y sus derivados sobrepasa con mucho el alcance de esta entrada.


martes, 13 de octubre de 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

Manías

 

Los objetos se nos parecen más de lo que pensamos. Toma, por ejemplo, el secador de pelo. Si lo pones más allá del 2, se para. Deja de andar. Como tú, cuando te pido que me alcances las gafas justo después de que me acercaste mi vaso de agua. Como yo, cuando me pides un segundo beso de buenas noches.


viernes, 9 de octubre de 2020

cinco/10

Andréi Tarkovski dirigió esta película en el año 1983. Fue una producción soviético-italiana , con guion del propio Tarkovski y Tonino Guerra y fue  el primer film que hiciera su director fuera de la Unión Soviética. Yo tenía 
entonces 20 años y no sabía todos esos detalles. Me parece que fui al cine acompañada de quien fuera mi primer novio, que ya había dejado de serlo pero habíamos mantenido una amistad. 

Nostalgia me dejó completamente sobrecogida, por su belleza, por su profundidad. Casi no recuerdo el argumento y ni siquiera estoy segura de haberlo entendido ( si es que había algo que entender racionalmente), pero una escena como la del protagonista caminando por una piscina con una vela encendida no se me borrará de la memoria nunca. Cuando recuerdo Nostalgia, también vuelvo a conectar con dolor y con pérdida. Qué capacidad la de Tarkovski para transmitir esos estado del ánimo a través de imágenes y metáforas de un impacto sensorial y emocional tan intenso como sutil. 

Tampoco he vuelto a ver Nostalgia  y ahora mismo me encantaría verla otra vez, a 37 años de distancia. Sí que vi otras pelis de Tarkovski, entre las que destacan La infancia de Iván, por un lado, y Stalker, por otro. Creo que de esta última me tuve que salir porque se me ocurrió ir con mi mamá, que no la aguantó. Parece que esté hablando de una vida previa (o varias) a mi vida actual y también es cierto que sobre esas experiencias se sostiene la persona que soy ahora.

jueves, 8 de octubre de 2020

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


El Buda dijo que hay dos tipos de sufrimiento; uno es el dolor físico, que es inevitable con este cuerpo humano. El otro es el sufrimiento mental, que puede evitarse. Una manera es abriendo nuestro corazón al dolor de otros en lugar de que nuestro propio dolor nos haga más introvertidos, nos haga tenernos más lástima. Así que esto vuelve a ser una práctica importante de lojong [entrenamiento de la mente]: tomar el sufrimiento en el camino y usarlo para desarrollar compasión y empatía. Cuando sufrimos, solemos quedar atrapados en nuestra propia mazmorra de desdicha y esta práctica abre las puertas y las ventanas, permitiendo que nos extendamos más allá de nosotros mismos. 




Original en inglés, aquí.  / Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Reencarnación

 

Sacó la trenca del armario y, cuando metió la mano en los bolsillos, se encontró con sus vidas pasadas: un par de billetes del metro de París, la envoltura de un caramelo de regaliz de los que su padre comía después de cenar, un pañuelo arrugado de antes de la guerra, una flor seca que se desintegró al contacto con sus dedos.


lunes, 5 de octubre de 2020

Pequeño diálogo de otoño


Hermana 2 (la del otro lado del Atlàntico): Aquì, cuando el verano se va, parece que no hubiera estado nunca.

Hermana 1 (la de este lado del Atlàntico): Sì. A mì me da una sensaciòn de desamparo, como si la vida se hubiese vuelto màs peligrosa.

Hermana 2: ¿Y si nos damos un abrazo? Son buenos para quitar el desamparo.

Hermana 1 accede. Se abrazan, antes de arrancar el dìa.

para Joana

viernes, 2 de octubre de 2020

lavando ropa 2


mi ropa y la de los vecinos en el patio interior de mi casa de ahora

Hace casi exactamente 6 años, el 28 de septiembre de 2014, describí cómo cuando lavo ropa a mano se me limpia el corazón y se me tranquiliza el ánimo. Conté también cómo aprendí la técnica precisa para hacerlo viendo a mi madre.

En aquel otoño triste, no habría podido imaginarme que unos cuantos años después estaría viviendo en Barcelona, en casa de una amiga que entonces aún no conocía. En este otoño, y desde hace casi un año, sigo haciendo de casas ajenas mis hogares temporales, Primero en el piso cerca del Bernabéu (gracias a Ana), en Madrid, y ahora en Nou Barris (gracias a Joana), en la capital catalana.

Y como es de suponerse, sigo lavando ropa. Y en cada sitio al que llego, he de adaptarme a las nuevas condiciones.

Primero: la terminología, los instrumentos y el jabón. Yo en Cuernavaca uso una palangana (o una cubeta) para remojar, tallar y enjuagar las prendas. Acá se usan barreños y el último paso del proceso se llama aclarar.

En Madrid tenía a mi disposición dos barreños, así que podía lavar varias cosas a la vez y reutilizar el agua del enjuagado (toda una proeza si se toma en cuenta la manera en que se desperdicia el agua en este lado del mundo). En Barcelona tengo uno, pero acceso a un lavabo grande donde hago el aclarado y me las ingenio para guardar, en el barreño, la última agua, aunque sea para otro día.

En México usaba Vel Rosita. En Barcelona, Norit. Y el nombre del jabón especial que usaba en Madrid ya se me olvidó (solo recuerdo que venía del Carrefour y que el envase estaba lleno de advertencias sobre el potencial venenoso del producto).

Segundo: los espacios para lavar. Yo en Cuernavaca tengo un minipatio de servicio en mi departamento, con un lavadero como dios manda. En España, por lo menos donde yo he estado, nada parecido, así que hay que reconvertir un baño en cuarto de lavado.

Tercero: los espacios para colgar. Yo en Cuernavaca usaba las regaderas de los baños (aquí son duchas, como en Madrid, o bañeras, como en Barcelona) y también el balcón de mi casa.

En Madrid aprendí la técnica de Ana de usar ganchos (que ella llama perchas) para tender dentro de la ducha (dejando los suéteres [jerséis] colgar por la mitad para que no se deformen). También estaban las cuerdas que para ese propósito llenan el patio interior.

En Barcelona hay cuerdas, claro, aunque a mucha más altura (si la ropa se cae vuela mucho más y suele detenerse en las cuerdas del quinto). Y hace un par de días que lavé un vestido y no quería que se deformara, Joana me instruyó para tenderlo sobre una toalla encima de la mesa del balcón, donde hay también un aro de metal de donde se pueden colgar perchas y proteger la ropa de la lluvia, mientras escurre y se seca.

Y sí, lavar ropa a mano, de cualquier lado del Atlántico, me tranquiliza el ánimo y me limpia el corazón, sobre todo con la llegada del otoño y la partida de algunas amistades, que o bien, no lo eran en realidad (y caer en cuenta duele) o bien están dejando de serlo (y caer en cuenta duele). 

Como decía yo misma hace 6 años, nunca deja de sorprenderme que, pase lo que pase, la mugre de la ropa se la lleva el agua y las prendas cada vez vuelven a quedar limpias. 

Y el agua, además, parece llevarse mis desasosiegos y tristezas si lavo la ropa prestando atención a las acciones y a las sensaciones físicas, mientras la mente descansa en el momento presente, en el espacio seguro que me ofrecen la palangana o el barreño.


martes, 29 de septiembre de 2020

Invitado: Karmapa 17


 Relaciones en ausencia de apego


El deseo de atraer o apartar lo que percibimos a nuestro alrededor es una fuerza grande en nuestras relaciones. En lugar de relajarnos y apreciar a la otra persona, nos embarcamos en una lucha constante para obtener lo que queremos de ellos y para evitar que nos llegue lo que no queremos. Por esa razón, para construir relaciones sanas necesitamos lidiar con nuestro apego así como con nuestra aversión.

Podría ser útil comenzar observando nuestras supuestos sobre el apego y también sobre el no apego. La sabiduría convencional lleva a mucha gente a cuestionarse si las relaciones son siquiera posibles o no sin apego. He oído a personas decir que si no hubiera apego, no tendrían relaciones cercanas. La gente intenta inducir apego en los demás como base para iniciar una relación con ellos. Esgrimen el apego como un gancho, tratando de atraer a las personas hacia ellos y, literalmente, engancharlos.

Si te cuesta trabajo imaginar cómo podría existir una relación cálida y sana en ausencia de apego, esto apunta a una confusión entre  estar desconectado y estar libre de apego. La desconexión es muy diferente del no apego. La desconexión sugiere una indiferencia insensible. En contraste, cuando hay una ausencia de apego, los sentimientos sanos tienen un espacio amplio donde florecer. Esto es porque el apego ocasiona que estés totalmente consumido por algo o alguien.


en el Montseny

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Autorretrato 10


Missing you is not only made up of your absence—it is also missing that part of me that can only be touched by your presence.

Jonathan Carrol.




Extrañarte no está solo hecho de tu ausencia: es también extrañar esa parte de mí que solo puede tocar tu presencia..

Traducción al español e imagen, mías.


viernes, 25 de septiembre de 2020

Invitada: Pema Chödrön


 Más allá de nuestra zona de confort

Es tan solo en la medida en que estamos dispuestos a enfrentar nuestros propios sentimientos que en realidad podemos ayudar a los demás. Así que hacemos un compromiso de que, para el resto de nuestras vidas, nos entrenaremos en liberarnos de la tiranía de nuestra propia tendencia a reaccionar, nuestros propios mecanismos de supervivencia, nuestras propias propensiones a engancharnos. 








Fuente aquí. / Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 24 de septiembre de 2020

cuatro/10










Yo creo que fue con esta pelìcula con la que me convertì oficialmente en cinèfila. Estarìa entrando en la pubertad, calculo, cuando mis padres nos llevaron (supongo que tambièn irìa mi hermano y con seguridad nos acompañaba mi tìa Olga) al cine Plaza, que era enorme (antes de que lo convirtieran en multicinemas) a ver esta superproducciòn de David O. Selznick, basada en la novela de Margaret Mitchell y dirigida por Victor Fleming. Me recuerdo a mì misma, màs niña que adolescente, con la mirada totalmente enganchada a la pantalla; el cuerpo, inmòvil,  y mi psique, presa de las emociones suscitadas por la cinta. No llorè durante la funciòn, lo cual es raro,  porque estaba demasiado concentrada (sin necesidad, en realidad) en leer los subtìtulos, que me resultaban muy pequeños. Pero al salir, rompì en llanto y no pude parar durante un buen rato. Serìa la conciencia de que el amor tampoco era la respuesta. 

A partir de ese momento me enamorè de Clark Gable y me obsesionè con Vivien Leigh. Me regalaron libros sobre ellos y sobre la peli, aunque nunca leì la novela original. Compartì mi aficiòn con una amiga, que para una presentaciòn con diapositivas que tuvimos que hacer en la escuela, eligiò hablar de todo cuanto tuviera que ver con la realizaciòn del film, aunque yo para entonces ya estaba màs interesada en el golpe militar que habìa derrocado a Salvador Allende en Chile, y optè por entrar a ver un trabajo sobre este tema y no el de mi amiga. 

Ya no recuerdo si he vuelto a ver o no Lo que el viento se llevò. Quizàs algùn fragmento en la tele, pero sì que me apetece hacerlo, ya sin la ilusiòn de que  Rhett se quede con Scarlett. Que ella ya se las arregla muy bien sola.


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Otoño 9









Mi primera entrada "oficial" sobre esta estación data del 24 de octubre del 2011, casi a dos años del nacimiento de este blog, y la más reciente es del 23 de septiembre de 2018, hace justo dos años. En muchos otros textos se ha colado también el otoño de forma más o menos evidente.

Esta es la primera vez que lo recibo de este lado del Atlántico y aunque el calendario y google decían que empezaba ayer, yo tengo asociado su inicio con esta fecha, que seguramente memoricé en la escuela hace mucha tiempo.

Esta vez lo recibo en Barcelona (of all places) y descubro que en catalán el otoño es ella: la tardor, que suena como en castellano "tardó" porque en catalán las erres finales no se pronuncian. Quizá sea su carácter femenino el que suavice su entrada. O soy yo la que se toma las cosas menos a la tremenda.

Hice un recorrido por mis entradas entre el 2011 y el 2018 y lo que más destaca son las flores silvestres, por un lado, y las gripas y tristezas, por el otro. Este año por fortuna, lo recibo sana y noto su presencia (la de ella) en señales nuevas: las hojas que empiezan a caer y a tapizar las banquetas (aceras que les dicen acá) y de las que hay que cuidarse para no resbalar, sobre todo cuando están húmedas; los cambios de temperatura que no acaban de estabilizarse, aunque en general tienden a la baja; las lluvias, que dice Joana que son propias de septiembre, y que te agarran en el momento menos esperado (paseando por el centro o justo después de tender la ropa); el cambio en la manera de vestir, que se nota en la gente en la calle, donde todavía hay quien va de verano (con tirantes y shorts), mientras que otros ya sacaron las chaquetas y los pantalones largos; el cambio en los aparadores, que en realidad empezó antes con carácter premonitorio, aunque aún quedan algunas "rebaixes" de la estación anterior.

Y la luz cambia y los planes también. Ya no es momento de ir a la playa, aunque como me dijo Joana, el Mediterráneo seguirá ahí si yo me quiero meter. Y el ritmo de la vida es otro. Ya no hay piscina. Los niños volvieron al cole (con todo y sus mascarillas). Y los mayores ya van súper de prisa en su "nueva" normalidad. Las persianas se quedan subidas, porque ya no hay que protegerse del calor y las ventanas, entrecerradas por si llueve. El aire acondicionado entra en hibernación y oscurece cada día más temprano. (Parece hace tanto que la luz llegaba hasta las 10 de la noche.)

Otra constante de mis descripciones otoñales en Cuernavaca ha sido la referencia al hecho de que los árboles en mi tierra no cambian de color. Acá, sí, pero aún no se nota. Quedo a la espera. 

Y las comidas cambian también: el gazpacho se despide y da paso a  las sopas calientitas. Menos ensaladas y más guisos, de vista al invierno, que es mucho más frío que los míos. Y acá la cercanía de los muertos es mucho menos marcada que en México. Tampoco hay cruces de pericón para proteger las casas y los coches.

En Barcelona, la llegada del otoño coincide, además, con las fiestas de la Mercè, que este año, como todo lo demás, estarán sometidas a las restricciones que impone el coronavirus. Anoche, mientras ponía la mesa para cenar, un raudal de música clásica entraba por la ventana del comedor. Venía del ensayo de la Banda Municipal de Barcelona que se preparaba para su función del viernes en la Plaça Major de Nou Barris.

Así la llegada de la tardor este 2020. Seguro que traerá más sopresas. 



domingo, 20 de septiembre de 2020

Autorretratos barceloneses 1 & 2

Una de las maneras de buscarme que más me gusta es en las imágenes que mi cuerpo proyecta, sobre todo en el piso, cuando intercepta los rayos del sol.  Me hice consciente de mis sombras hace mucho y mis camaritas rosas se hicieron cómplices de la búsqueda. A veces son imágenes completas, a veces fragmentarias; a veces en soledad, otras en compañía. Eso sí, siempre son diferentes —no puede haber dos sombras iguales, aunque sean propias— y uno de los elementos determinantes es la posición del sol en el cielo cuando aprieto el botón de la cámara. Eso sí, siempre está el alivio de no tener que preocuparme por los rasgos de mi rostro ni la forma en que me queda el pelo.

A medio día, por ejemplo, la imagen proyectada coincide más con la silueta que me devuelve el espejo. Es más definida.  Como en esta sombra que tomé hace unos días cuando salí a hacer algunos mandados por el barrio. Aparece incluso uno de los dos changos que cuelgan de mi bolsa de mano y mis sandalias de verdad.




En cambio, hace unas semanas salí de tarde, cerca del ocaso, a pasear con Joana. Subimos calle arriba hasta alcanzar el extremo más alto del Parque Central de Nou Barris y luego empezamos a bajar. Y en un puente de madera que pasa por encima de una calle evitando que se interrumpa el parque, me vi, mucho más larga de lo que soy. Y me fotografié. Con la conciencia de que

nunca somos tan altos como cuando se pone el sol



jueves, 17 de septiembre de 2020

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Tenemos que perdonarnos a nosotros mismos. Todos hemos cometido errores y hemos actuado estúpidamente. ¿Y qué? Somos seres humanos. Si fuéramos perfectos, entonces no necesitaríamos un camino, puesto que ya habríamos llegado. Es porque tenemos problemas, porque tenemos defectos, porque hemos cometido errores estúpidos que necesitamos un camino. Así que a medida que nos aceptamos, podemos abrirnos y perdonar a los demás. Podemos empezar haciendo amistad con nosotros mismos, siendo un poco más tolerantes con nosotros y eso nos ayudará a ser más amigables y más tolerantes con los demás. 


un día de lluvia en el Parc Güell





















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 15 de septiembre de 2020

s o n i d o


Del lat. sonĭtus, infl. en su acentuación por ruido, chirrido, rugido, etc.
1. m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.

O sea que, para que un sonido lo sea, alguien tiene que escucharlo. A un ruido le pasa igual, porque es solo un sonido inarticulado (lo que sea que eso quiera decir) y por lo general desagradable (según la propia subjetividad, claro).
Desde que dejé mi casa en Cuernavaca, los sonidos y los ruidos han adquirido una relevancia particular, porque constituyen una parte esencial de los entornos nuevos en los que me voy encontrando. Los de Madrid, en particular los del piso del confinamiento, los abordé de forma más o menos aleatoria en mis escritos de entonces. En Barcelona, he prestado una atención más ordenada a estos elementos que conforman mis hogares transitorios.

Aquí una selección de los ruidos y sonidos a los que me he familiarizado en la ciudad condal y que me hacen sentir en casa:

  • las pelotas de pádel (o tenis) que rebotan en las raquetas o en el piso de las canchas que están más allá de la piscina (a veces se mezclan con algún grito de victoria o frustración)
  • el alboroto en la piscina (agua, chapuzones, gritos, brazadas, patadas, agua), que hoy está en su segundo día de ausencia (la piscina tuvo su último día de verano antier y permanecerá cerrada hasta el próximo año)
  • el chirrido espeluznante de las cuerdas de donde se tiende la ropa a lo alto y lo ancho del patio interior del edificio donde vivo, o más bien, de las ruedas que las hacen girar, imposibles de lubricar, pues la grasa se quedaría en las propios cuerdas y de ahí pasaría a la ropa limpia
  • el soplador de hojas, aparato endemoniado (además del ruido infernal que hace, contamina un montón) que me persigue por donde quiera que vaya: Cuernavaca, Madrid, Barcelona,  y yo que pensaba que era un signo del tercer mundo
  • los graznidos de los cotorros, que también han tomado Barcelona, creo que antes de que hicieran lo mismo con Madrid (del piso donde vivo se oyen lejos, pero permean muchos de los paseos por las calles barcelonesas)

Y luego están los otros, más íntimos, que acaban de colorear este hogar. 
Y en el fondo de mi mente, puedo escuchar los sonidos de mi hogar del otro lado del mar, aunque no haya medio elástico que me los pueda hacer llegar hasta acá.